Archivo | diciembre 2021

OBRA SOCIAL

Obra social

En un remoto sitio de la imaginación

se alojan las ideas propias,

las precursoras,

las que cambiarán el mundo de raíz.

Millones de personas

las reproducen y habitan.

Cuentapalabras.

La creación verídica

asusta al más pintado.

Por eso,

cuando una idea exagerada irrumpe,

debemos suavizarla

pensando en el francés

que habló de domesticar al zorro.

Domesticar ideas no es distinto.

Significa quitarles su aire.

Amaestrarlas. Que se esfume

su vuelo vergonzoso

y la mirada poética del caos.

Hacerla callejera, predecible,

con un rasgo apenas peculiar,

innovadora,

para que aletee

original, auténtica y etérea.

He blasfemado tantas veces

contra los corruptos salteadores del camino,

que tratan de corromper los sutiles caireles

de la poesía moderna.

Y sin embargo, aceptémoslo:

La transgresión tiene sus límites.

Ahora, me toca autorizar los bonos

de la Obra Social de los poetas pobres,

y sujetarme al turno,

a los saludos forzados

de la señorita que atiende;

extender la mano a los desconocidos,

y que dedos y metacarpio sonrían

para ser alguien más en el vacío,

que respeta latiguillos decadentes,

como si fuera fácil,

y nunca hubiera pasado nada,

mientras del lado opuesto del mostrador

nos espetan:

«Es lo que hay»

y a resignarse.

En la era de la digitalización y los trámites virtuales, este poema y REINCIDENCIAS, quedarán como testigos de la burocracia que se vivió hasta la primera década del siglo XXI.

La soledad de vos

La soledad de vos/ de nosotros/ de usted

La soledad de vos

me llena el alma de sudor y aliento,

cuando los bares están secos

de madrugada fría

y amenaza lluvia en los rincones estériles

del fracaso ante

el noveno mandamiento de Dios.

Van construyendo el nido los chingolos

como jornaleros

sin trabajo en el estío,

a destajo del afrecho que consuman,

perdidos en cavilaciones

sobre el sexo de los ángeles,

si

el dedo es la medida del anillo

o

el anillo precede al dedo

que lo bautiza e interpela;

añorando a su amada congolita,

trinando sus canciones melodiosas.

Y la soledad de nosotros

crece

clara y fiel y fiel y clara,

transparente, devota, permanente

crece:

me tiembla en el recuerdo de tu nombre

que rememora,

a hurtadillas, su protocolo,

igual que un búfalo salvaje

haciendo señas;

y la almohada se mece perfumada

de girasoles en el

paisaje recortado de tu ausencia ilusoria.

En el calor del verano, en cambio,

la soledad de usted,

ataviada en mar,

me arrasa el cuerpo,

desvanece mi rostro entre las aguas

de rías contra lagos de montaña,

en el planeta insomne,

sin compases ni fuegos de kermés,

y me siento lejana e improbable,

extraditada al borde de equinoccios,

con la mitad de un brazo paralítico,

un ojo amoratado y otro preso

del tedio de vivir en el rellano,

lidiando por salir de la pendiente.

De mi próximo libro inédito.

Felices fiestas
Lu

La miseria de lo falso

Mi próximo libro ya está construido. Estimo que lo publicaré en marzo o abril, antes de viajar a España en mayo del 2022. Será el número 11. Faltan las correcciones, revisiones, elecciones de imprenta, de diseño, de título, en fin… lo más difícil y aburrido. Me divertí en la recopilación de los poemas que fundamenten su arquitectura. No, no estuve escribiendo nuevos: la inminencia de una dictadura me tuvo ocupada en otros asuntos más imperiosos y graves pero menos necesarios que la obra poética.

La miseria de lo falso

-preámbulo improrrogable-

Nuestra Virgen María, la intensidad de ausencias, María de la Tierra, Lucía lucía en ensoñaciones.

(de vez en cuando escuchas aquella voz canta la negra Sosa).

Aquella voz. Esa voz.

Pero esa voz es falsa moneda, moneda falsa.

No existe el artilugio como no existe ella. No existe nuestra infancia, donde dejamos la pobreza estructural rodeada de libros de Tolstoi, María María es un sol, la guerra y la paz, extraña coincidencia la nuestra de readers digest y Anas Kareninas.

Muchas personas hallan corriente y fatal la falsificación de la moneda.

Igual de vulgar e inexorable encontramos la imitación de las vidas sin identidades: El mundo paralelo de los que transitan por su heterónimo.

Y ocurre, de vez en cuando, que nos sentimos vaciados por el espectro. Como si el anónimo personaje quisiera ser nosotros mismos, nuestra palabra perfumando con aire el nuevo día. No los desechos que se asientan en la mente al desdoblarse y vernos desde fuera. Nuestra voz corregida por el foniatra de los pájaros. Una palabra de palabras, que pasa en limpio el borrador de nuestras intenciones, afectos y desperfectos. Una lupa que aumenta el signo. Una signatura como asignatura.

El portento es este, para algunos incautos que subliman y tildan de agradable el estereotipo. Porque cuando uno quiere desgajar (desgarrar, desnudar, desvelar, destripar, descular) el desfiladero, advierte sin ir demasiado lejos de su calle que no hay voz sin eco, ni eco sin arquetipo.

Sonámbulos y desprevenidos vamos pactando tristes rutinas para descubrir falsificaciones en nuestras imágenes oníricas.

¿Y qué se nos presenta con el análisis de tales agostos?

Que teníamos falsos billetes en nuestros bolsillos mágicos y que es hora de irlos devolviendo al legítimo dueño: El portador de los detritus de la confianza ciega.

He aquí la verdadera miseria. Nuestra orfandad en una caja de supermercado. La vergüenza de sentir que no somos creídos por no haber sido creados, por carecer de nombre y apellido. El spleen de Paris, la moneda de oro falsa, por ser un simulacro de pensamientos, más o menos afilados, heridos por el trueno de la esencia perturbadora de nuestro mutismo y nuestra infinita crueldad gremial.