José Andrés y El chupetrómetro

JOSÉ ANDRÉS Y EL CHUPETÓMETRO 

 

Carlos Balá.

¿Qué gusto tiene la sal?

Saladooooooooooooooooooo.

José Andrés tendría, no sé, la edad en que se debe dejar el chupete.

Mascaba la pelota de goma del suyo, el celeste, abultada por el mal uso y no aceptaba reemplazos.

Las madres aunque leamos a Marcuse o a Freud hacemos cualquier cosa por los hijos.

Por entonces, en uno de los únicos cuatro canales de aire, había un programa de nuestro querido Carlitos Balá.

En esa época, mi intelectualidad juraba que la televisión no debería invadir el delicado espíritu de mi hijo en formación.

Yo quería que se alimentara con lo más escogido de la música, los documentales, el arte del planeta, le compraba juguetes didácticos y hacía lo imposible por no contaminar su almita en mis manos, para evitarle a él traumas y a mí, futuras culpas.

Sin embargo, pasaba el tiempo de crecer y el chupete seguía en la boca de mi Jose imperturbable.

Por casualidad, vi una vez entre la tanda de publicidad de un canal, el chupetómetro de Balá. Iea ea pe pé.

Los chicos tiran aquí los chupetes y empiezan a ser grandes, nos confiaba la publicidad con palabras más o menos del tenor.

Durante un par de semanas me dediqué a encender el televisor puntual en el horario, tratando de acercar a mi hijo a verlo. José que ya hablaba bastante bien para sus añitos, lo miraba y guardaba silencio con el caucho, en lamentable estado, en la boca.

No parecía tener sentimiento alguno respecto del tema del chupete. No se entusiasmaba ni se aburría. Solo miraba y callaba.

 Un día, sumamente preocupada por cosas banales que con que las madres vamos perdiendo la calma del hogar, escucho que Bala lo mismo que todas las tardes invita:

-Bueno, niños. Llegó la hora de dejar los chupetes. Vamos a tirarlos.

Me dirigí a mi hijo, con tremor y sin mostrar fastidio:

– Mi amorito, ¿no querés darme el chupete para que se lo lleve a Balá y lo tire?

La respuesta llegó indubitada, firme y madura, mirándome a los ojos y fue la siguiente:

– Sí mamá. Ya soy grande.

En esa vuelta aprendí que los Reyes Magos existen. No somos los padres. Se venden por televisión y muchas veces traen regalos increíbles.

Me pregunto treinta años después, sin chistar, convicta del poder unidimensional y educativo de los medios, si no podría don Carlitos inventar un “Revolverómetro” para que tanto chico adulto empiece a echar a la basura sus armas de fuego y empiece a ser grande de una buena vez.

 

 

JOSI